Por Ana Ylda Moreta
Paradójicamente, cuanto más avanza la inteligencia artificial, más valiosa se vuelve la competencia comunicativa, especialmente en su dimensión escritural. En una época en la que millones de estudiantes recurren a plataformas como ChatGPT para investigar, redactar y resolver problemas académicos, la verdadera diferencia ya no la establece la rapidez con que una máquina responde, sino la capacidad del usuario para expresar con claridad sus ideas mediante la escritura. La inteligencia artificial no reemplaza el pensamiento: interpreta el mensaje con el que el pensamiento se expresa.
Esta
realidad ha revalorizado una de las dimensiones fundamentales de la competencia
comunicativa: la escritura como práctica de producción de sentido. Escribir con
claridad, coherencia y precisión constituye hoy una condición indispensable
para dialogar críticamente con las tecnologías inteligentes, evaluar la
información que generan y transformar datos en conocimiento. No por casualidad,
la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sitúa la
alfabetización para la inteligencia artificial entre las competencias
esenciales para la formación de los ciudadanos del siglo XXI.
La
inteligencia artificial no adivina intenciones; interpreta el mensaje que
recibe. Un estudiante que formula una pregunta imprecisa obtendrá una respuesta
amplia y genérica. En cambio, quien redacta una instrucción clara,
contextualizada y con un propósito definido recibirá información mucho más
pertinente. Esta diferencia demuestra que el valor de la interacción no reside
únicamente en la capacidad de la máquina, sino en la competencia comunicativa,
cuyo principal vehículo, en este contexto, es la escritura.
Redactar
supone seleccionar palabras con precisión, organizar ideas de forma lógica,
delimitar un contexto y anticipar las necesidades del destinatario. Esas
operaciones cognitivas, tradicionalmente asociadas a la producción de textos
académicos, son hoy las mismas que permiten construir un prompt eficaz. Lejos
de reemplazar la escritura, la inteligencia artificial ha hecho más evidente
que el pensamiento de calidad comienza con una expresión lingüística igualmente
rigurosa.
El
filósofo italiano Luciano Floridi sostiene que la inteligencia artificial está
transformando al escritor en un diseñador de instrucciones, pero advierte que
este cambio no elimina la necesidad de pensar, sino que exige una escritura
todavía más consciente. De manera convergente, la OCDE plantea que los
estudiantes deben desarrollar la capacidad de planificar, redactar, revisar y
justificar sus decisiones antes y después de utilizar herramientas de IA. La
tecnología, por sí sola, no produce conocimiento; lo potencia cuando encuentra
interlocutores capaces de formular preguntas inteligentes y evaluar
críticamente las respuestas obtenidas.
Los
resultados de PISA 2025 evidencian que el uso de la inteligencia artificial
solo genera beneficios educativos cuando está acompañado por el pensamiento
crítico y la escritura reflexiva. En otras palabras, la tecnología, por sí
sola, no desarrolla la competencia comunicativa; esta se construye mediante
procesos de comprensión, argumentación, producción y revisión de textos guiados
por una formación educativa de calidad.
El
enfoque curricular basado en competencias ha consolidado una concepción de la
competencia comunicativa en la que la escritura trasciende la corrección
gramatical para convertirse en una práctica intelectual, académica y social.
Este
enfoque demuestra hoy toda su vigencia. Las capacidades que permiten elaborar
un ensayo sólido, construir una argumentación coherente o redactar un informe
científico son las mismas que hacen posible interactuar con la inteligencia
artificial de manera eficiente. La claridad, la coherencia, la adecuación, la
precisión léxica y la conciencia del destinatario continúan siendo los
fundamentos de una escritura de calidad; la única diferencia es que el
interlocutor puede ser tanto un lector humano como un sistema inteligente.
Cada
avance tecnológico ha despertado el temor de que una nueva herramienta
sustituya la inteligencia humana. Ocurrió con la imprenta, con Internet y ahora
con la inteligencia artificial. Sin embargo, la historia demuestra que las
tecnologías transforman las formas de comunicación, pero no reemplazan la
capacidad humana de pensar, interpretar y crear significado. El lenguaje sigue
siendo el espacio donde se construye el conocimiento y donde se fortalece la
competencia comunicativa que hace posible la participación crítica en la
sociedad.
Desarrollar
la competencia comunicativa significa formar ciudadanos capaces de analizar,
argumentar, investigar y dialogar críticamente con las tecnologías emergentes.
Al final, la calidad de una respuesta, provenga de un profesor, de un
investigador o de una inteligencia artificial, siempre comienza con la calidad
de las palabras que la inspiran.

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